“Pero yo os digo: No os resistáis al mal…” (Mateo 5, 39)

Bajo este titular que remite a una lejana antigüedad y a la Ley del Talión, abordo una reflexión   motivada por las urgencias  del presente. No pretendo, pues, profundizar en el ayer de la Humanidad, sino en el hoy… Y en el mañana, eslabón de la misma cadena que también está aquí.

El telón de fondo sigue siendo el clásico de siempre: la sociedad, la convivencia,  el daño (físico o moral) infligido a otro  y la exigencia ética de una reparación, idéntica o proporcional, que compense al perjudicado y libere de deuda (y quizá de culpa) al agresor. De ahí, el “ojo por ojo” en toda su literalidad. O sea, que si provocas la pérdida de un ojo a una  persona, te será arrancado un ojo a ti, y si matas serás matado tú,  en aplicación de un explícito código de justicia cuyo interés no era tanto el castigo, como la preservación de un  orden en el comportamiento social del que es fiel reflejo el denominado Código de Hammurabi, unos 1.800 años a.de C.  

Como digo, el escenario es el mismo: la vida humana, semejante a una moneda, como describí en mi anterior artículo publicado días atrás y al cual sigue el de hoy; una sociedad polarizada, con dos caras o extremos opuestos donde se ubican los protagonistas, que somos todos, individual y colectivamente; actores llamados a dar vida y escenificar la singularidad de cada una de las caras de la simbólica “moneda”.  Así, en un polo o extremo del eje se sitúa el “YO”, y en el opuesto el “OTRO”, u otros.  O bien: el “NOSOTROS” frente al “ELLOS”, versión colectiva que nace de la agrupación de individuos afines entre sí, pero que no cambia la dinámica de las relaciones con lo “OTRO”, la cual  incluye la posible (y cierta) confrontación, la disputa, la ofensa, la lucha y el daño, siempre  en ambos sentidos.

Idéntico escenario, en efecto, pues la sociedad de hoy conserva las mismas pulsiones que aquella “vigilada” por el antiguo Código de Hammurabi, del que  apenas hemos  cambiado  el “marco legal” del asunto, el enjuiciamiento y la condena recogidos hoy en miles de leyes modernas, laicas y religiosas, menos crueles, pero nacidas de la misma fuente…, que es una cara de la moneda frente a la otra.

Normal. Cabe decir que nos hemos civilizado, simplemente. Que hemos desarrollado nuevos talentos y crecido en “complejidad” conforme a la segunda premisa evolutiva. Pero apoyados y sostenidos sobre los cimientos biológicos y psíquicos de nuestra naturaleza humana, que permanecen vivos y, además,  son hereditarios.

Así que: somos los mismos de siempre crecidos en “complejidad”. Cualidad ésta que incluye la “consciencia”: un DON que nos eleva,  nos abre los ojos y nos convierte en conocedores de la “moneda completa”, y por tanto semejantes a Dios;  una apertura en el alma (o psique) donde el “otro”, todo lo “otro”, comienza a tener cabida, a ser acogido y a ocupar un sitio…, anticipando un porvenir gozoso para la Humanidad: un tiempo de armonía y de paz entre los hombres nunca antes vivido.

Sí, amigos. Hace apenas unos minutos estábamos en la Ley del Talión…, y un instante después se nos insinúa una Vida y un Mundo nuevos sobre el horizonte… ¿Qué ha sucedido entretanto?

Lo que ha sucedido se llama: Sermón de la Montaña. Un golpe maestro de la Evolución protagonizado por un místico tanaíta, por un “verso suelto” del oficialismo religioso de la época y el lugar,   conocido entre los suyos como: Yeshuah ben Yeosheph; luego llamado Jesús. El de los “peros”, como ese que abre la puerta a mi artículo: “Pero yo os digo: No os resistáis al mal”. Simplemente.  

Una clave, un punto de inflexión en la Historia y un impagable consejo. Créeme…

Impagable, sí. Porque el “pero” de Yeshuah/Jesús, no es una objeción, sino  la base de un nuevo código ético y moral de largo recorrido. Una semilla que contiene en sus entrañas  un árbol poderoso llamado Árbol de la Vida, desvelado y ofrecido a una humanidad egocéntrica, ignorante y anquilosada que vive  atrapada en la  experiencia  del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Aquel que simboliza la polaridad de la vida humana condicionada por la separación, la culpa y el castigo reparador.  Y propicia, individual y colectivamente, la confrontación fratricida entre los polos opuestos (o caras de la moneda) así como el daño y  sufrimiento expiatorios derivados de dicho comportamiento que ningún código antiguo logró remediar, desde Hammurabi hasta la Torah judía en cuyo ambiente  social había nacido él: Yeshuah ben Yeosheph. Luego llamado Jesús hijo de José,  a quien yo he nombrado “verso suelto” en clara alusión a su  mensaje, diferente a lo establecido y común.

Así era Yeshuah: un punto y aparte. Y no por  saltarse la Ley, sino por cumplirla al máximo nivel según sus mismas palabras: “No he venido a abrogar la Ley, sino a consumarla”: una altura a la que nadie había volado jamás. Eso es lo que constituye su “Pero yo os digo”: la consumación de la Ley. El no va más.

Un “no va más” que se concreta en una sucesión de “peros” a cual más decisivo, de cuyo conjunto destaco hoy el que da título a este artículo.

Situémonos. Ladera de una colina a orillas del lago Tiberiades, en la Galilea que fue su cuna. Jesús ha desgranado ya su rosario de bienaventuranzas ante un auditorio necesitado de la compasión que no se contiene en el rigor de la Torah, y exclama: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente…” en referencia al contenido de la Torah que suscribe la antigua ley del Talión, para añadir de inmediato: “Pero yo os digo…” Ese “yo” que ha venido para consumar (que es cumplir al máximo y definitivamente) la Ley, ése es el que habla y afirma: “Pero yo os digo: NO RESISTÁIS AL MAL”.

Y aún más. Porque en ese mismo contexto aconseja “poner la otra mejilla cuando  te golpeen la primera”; insistencia que el oficialismo religioso ha interpretado como “necesario castigo o precio reparador” por  la supuesta culpabilidad y el inmerecimiento humanos inherentes al “pecado original”, inventado por los hombres, al que me he referido en artículos anteriores.

Nada de eso cabía en la mentalidad de Yeshuah/Jesús, imbuido de la Presencia del Espíritu Creador en él y en toda la Humanidad, configurada ésta por “justos y pecadores” a juicio de los humanos. Pero amados por igual, a juicio de Dios.

Por eso, Jesús sabía que la vida es como una moneda con dos caras y, cuando se muestra una de ellas (el “mal”, por ejemplo”) no solo se muestra a sí misma, sino que al propio tiempo advierte de la existencia de la otra cara (el “bien”, en este caso) que camina a la par que el primero, pidiendo ser visto. Y en esta situación se dan dos respuestas o alternativas posibles: resistirse o girar la moneda.

Ese es el escenario desde el cual Jesús lanza su recomendación, sabedor de que resistir o hacer frente, que es la respuesta aceptada y bendecida por la sociedad como “legítima defensa” ante un agravio, es una modalidad del “rechazo” explícito al otro,  que  acentúa y mantiene vigente el estatus inicial de separación, antagonismo, oposición, confrontación y lucha entre las caras, sin que nada cambie. Más daño y más Talión, en consecuencia. Por tanto, si tú no quieres esto, no resistas al mal.

La propuesta de Jesús es clara a favor del girar la moneda. Una propuesta ética que encaja en la Teshuvah y la Emunah, pilares de su doctrina orientada a una Vida y un Mundo Nuevos. 

Y una radical advertencia que aún se entiende mejor acompañada de esta otra: “Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: AMAD A VUESTROS ENEMIGOS Y ORAD POR LOS QUE OS PERSIGUEN”, que orienta en la misma dirección de aquélla.

Es decir: la clave radica en el reverso de la Ley del Talión, donde rige el Amor. Y básicamente,  consiste en el establecimiento y práctica de esta trilogía ética: aceptación del “otro”, integración y compasión…, frente al rechazo, la confrontación  y la lucha. Palabras que entrañan  afecto y cordialidad hacia el “otro” como sugerencias del Amor que une, que es la Ley definitiva y total simbolizada por ese árbol denominado “Árbol de la Vida”, el cual, ahora lo sabemos, no es otro diferente o extraño, sino la síntesis de todos los manifestados por los seres humanos en la vida cotidiana, cualquiera que sea su apariencia o conducta. Porque el citado árbol, es: el “Árbol de la Vida, Toda y Única”, inclusiva de todas las tendencias y singularidades. La “moneda completa” a la que me referí en mi anterior artículo. Y la consumación de la Ley que marca el inicio de una nueva Era o Mundo Nuevo, y una Nueva Humanidad.

Dos mil años atrás, fue plantada una semilla en el Alma de la Humanidad de entonces que auguraba un porvenir de gloria, como una Vida y un  Mundo Nuevos. Y, porque somos los mismos crecidos en complejidad y más conscientes, tal vez ahora, sea  el tiempo de la recolección.

Ahora… Si así fuera -o quizá porque lo es-  somos muchos los ya movilizados hacia ese Mundo Nuevo por el que apostamos decididamente. Incluso si solo hubiera  “uno” dispuesto y capaz entre tantos voluntarios, pues con él estaremos todos: miles o millones como un solo individuo, porque en cada persona cabe la Humanidad entera.

Silencio en el alma.

Situémonos: no importa el lugar donde se está, cuando ya todo es  ladera de una colina junto al Lago y se escucha aquella voz…, venida del futuro.  

Silencio.

Félix Gracia (Septiembre 2022)

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