“Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados Hijos de Dios”.

Hoy la prensa internacional destaca en sus titulares el avance lento pero continuado de Rusia en el Donbás, y el temor de los ucranianos a que se agote el apoyo de Occidente, básicamente centrado en el envío de armamento con el que hacer frente al enemigo ruso.

Nada nuevo. Lo sé. Y por eso mismo, porque no se trata de una novedad sino de algo habitual o  “como siempre”,  es por lo que escribo estas palabras de desacuerdo con la norma social que se basa  en enviar más tanques, en lugar de frenar al que ya los tiene y evitar la guerra.

Como digo, la prensa de hoy actualiza una vez más la vieja norma social que bajo el eufemismo de “ayuda internacional” a necesitados, a veces alimenta y prolonga  el conflicto al que están sometidos éstos, en lugar de rescatarlos. Y este es el caso presente, pues no se resuelve un conflicto armado suministrando armas a los contendientes, sino evitándolas… A no ser que la intención sea otra: como de lucha por el poder y el control  entre dos rivales, librada  en terreno ajeno a ambos, sin daños propios, pues todos los daños se quedan en casa de un tercero “sacrificado”, auténtico pagano de la disputa de aquéllos. Y, en el fondo,  quién sabe si como el “chivo expiatorio”, ofrecido de modo consciente o no en sacrificio por una Humanidad que se siente históricamente culpable e indigna, y obligada a pagar por su redención… Quién sabe, me digo, considerando que somos descendientes y herederos  de aquel Abraham arquetípico, prototipo de un “instinto sacrificador” presente en la psique humana,  presto a sacrificar al hijo a cambio de su amistad con Dios.

Atrocidad  absoluta y ceguera, en todo caso,  lo sé. Ignorancia a tope.  Pero… ¿quién recuerda hoy aquel Sermón de la Montaña que ensalzaba a mansos y a pacíficos…, e instaba a una vida compasiva como modelo de vida pacífica y confiada,  que hace de los hombres seres divinos o Hijos de Dios? ¿A quién le importa la vida del otro, del extraño?

Sí, hablo de COMPASIÓN, y no de diplomacia, aunque ésta constituye un indudable progreso, pues elude o  mitiga la violencia. Pero no son lo mismo, pues solo la primera logra el objetivo de la conversión y la paz, en tanto que la diplomacia, o “arte de los apaños”, lo aplaza oculto bajo un manto de apariencia y disimulo del permanente egoísmo,  recelo y desconfianza que nos desunen.

Hace dos años, por estas fechas, publiqué un artículo con el título: LO PRIMERO ES NO HACER DAÑO, del que recupero algunas pinceladas. Un sabio aforismo que se atribuye a Hipócrates, mentor de todas las personas dedicadas a cuidar de los “otros” y  que hemos englobado en el reducido concepto de “sanitarios”, siendo tantísimo su mérito y dignidad.

Aforismo cargado de intención  que apunta hacia la vida compasiva alentada por nuestros antepasados, y al sentimiento contenido en el término sánscrito de Ahimsa, que en su sentir más profundo alude, no solo a la “no violencia”, sino al Dharma o deber moral de ayudar a todo lo viviente a que viva y realice plenamente su potencial… Y a Jesús/Yeshuah, el Pacificador, que añadió a la Ley (la Torá) la compasión salvadora del Mundo, la mansedumbre y la paz, más necesarios que el rigor de la Ley. Aquel Jesús que recomendaba: “Ama a tu hermano como a tu alma, cuídalo como a la pupila de tu ojo”, que suena a Compasión pura y a “juramento hipocrático” sugerido a todos nosotros, los de hoy, que seguimos enviando misiles y  tanques que alimentan la guerra, a quienes llamamos amigos y deseamos la paz…

Triste paradoja, propia de ignorantes cargados de buena fe. Y de tibios que callan la verdad en los albores de una Era que nos llega cargada de oportunidades y bienaventuranza, más allá del horror y la locura.

“Y oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré…? Y yo le dije: Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6,8). Recupero este episodio personal de la vida del profeta para hablarme a mí; como colofón a mis palabras y disposición de ánimo. Y como sugerencia general,  pues todos somos interpelados en algún momento.

Heme aquí; es el tiempo de SER. Y el paso primero: no hacer daño.

Félix Gracia (Junio 2022)

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