“Y creó Dios al Hombre a imagen suya, y los creó macho y hembra (…) Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho,  día sexto”. (Génesis 1, 27-31

Dios crea la Vida; y el Hombre hace un relato o interpretación de la misma.

Un viejo amigo  solía decir que: “Dios creó al Hombre, y éste, en agradecimiento, creó a Dios”. La ironía de la frase no le quita valor ni acierto. Porque, en la práctica, los hechos o el resultado convertido en “normalidad”, es que en el Mundo quien gobierna es el Hombre. Lo más terrenal de él, que de manera tácita excluye a Dios por innecesario y deja vacío el trono que el mismo Hombre se encarga de  “okupar”.

Ese ha sido el primer “golpe de estado” de la Historia, todavía vigente y vigoroso. Y un modelo o  patrón inspirador de idénticas conductas en el futuro.

¿Qué cómo se ha llegado a esta insólita situación? Pues ya lo sabes: por una  cuestión de relato, por una manera de contar las cosas a “hechos consumados”; es decir, muy avanzada la Evolución y la historia del ser humano en la Tierra, y basado en la impresión que  provoca en él  lo que ve y en cómo se  percibe a sí mismo. Pero no en hechos reales.

Pura interpretación fenoménica, de lo manifiesto y aparentemente real y, por tanto, delatora de la actividad cerebral humana; es decir: de la ejecución no consciente de un proceso cerebral (sin control por parte de la persona) cuyo resultado  percibirá ésta como  “realidad”,  consciente y aceptada. Un complejísimo proceso de interpretación que fue desarrollado en algún momento de la Evolución gracias a  la activación de  una  función  cerebral que  hemos denominado “mitopoyética”; es decir, creadora de “mitos” y grandes metáforas alusivas a profundos misterios… O sea: la capacidad de elaborar un relato explicativo de Dios y la Creación, por ejemplo, que es el mito por antonomasia presente en todas las culturas. O el Mito de la Caverna, de Platón, que desvela el juego de las sombras y la falsa impresión que tenemos de la realidad.

Así surge la interpretación humana de la Vida; o como decía mi viejo amigo: “… y el hombre en agradecimiento, creó a Dios”. Un mito intemporal asociado al nivel de consciencia del momento. Y, puesto que la consciencia se hace progresivamente mayor según avanza la Evolución, el mito siempre está abierto a nuevas  interpretaciones.

Nuevas interpretaciones que vendrán, o que ya están aquí, miles de años después  de tantos intentos. Punto de partida por tanto, o de un nuevo paso que en mi sentir  sitúa en  el presente que vivimos, lo acontecido en el bíblico  SEXTO DÍA de la Creación hacia el cual  apunta mi escrito: la creación del HOMBRE “a imagen suya…” que Dios vio ser muy bueno,  y que parece reafirmar y celebrarlo con este otro gesto que el Génesis narra seguido al anterior: “Plantó luego Yahvéh Dios un jardín en Edén, y allí puso al Hombre a quien formara”. (Génesis  2,8)) Expresiones ambas que sugieren satisfacción y complacencia  en el inicio de la relación Dios-Hombre,  para inmediatamente después anunciar un giro brusco: “Y le arrojó (al Hombre) Yahvéh Dios del jardín de Edén a labrar la tierra de donde había sido tomado”. (Génesis 3,23)

¿Qué ha sucedido? Pues bien: lo que ha sucedido constituye el relato, la interpretación que hemos realizado basándonos en lo que vemos, conocemos, sentimos y opinamos del Mundo, de la vida en general, de la nuestra en particular y de cómo cada uno se percibe a sí mismo y a los demás; en impresiones y juicios de valor tomando como referencia solo una parte del todo. Es decir y como ejemplo: la descripción de la vida  en el interior de la Caverna de Platón realizada por sus ignorantes habitantes; imagen precisa concebida unos cuatro siglos antes de Cristo que hoy nos suena a aviso, a sugerencia y a invitación al análisis del otro mito: el de la Creación, que sigue el mismo proceso de elaboración basado en apariencias de aquél, pero es mucho más condicionante, pues añade carga moral a lo narrado, culpabilidad y castigo.

Culpabilidad y castigo son dos elementos del relato que presuponen la existencia de un juicio moral y de una causa previa asimilable a infracción o delito,  merecedora de juicio y condena. ¿Te suena? En efecto, se trata del llamado “pecado original”. Una especie de maldición que no te deja “levantar cabeza”.

El supuesto juicio y la consiguiente condena  no ha ocurrido nunca, ni tampoco ha habido infracción en el orden de la Creación, sino estricto cumplimiento del propósito de la misma que incluye la experiencia y el conocimiento del bien y del mal, como  explico en otros artículos de próxima publicación titulados: La Vida en una Moneda y Ser Profeta en tu Patria, entre otros. Pero vivimos la vida como si el juicio y la condena hubiesen tenido lugar…, y porque vivimos la vida así, hemos deducido la existencia de una necesaria causa justificativa, de un “pecado”, que explique y dé sentido a nuestra vida aflictiva, que incluye el sufrimiento o el mal. Es decir, hemos elaborado una interpretación o relato basados en nuestras percepciones.

Actividad cerebral pura; protagonismo radical del “módulo intérprete” del cerebro humano, sin maleficio alguno. Eso sí: aplicada sobre una base de ignorancia absoluta de los hechos reales a la que alude el término sánscrito de “Avidya”, tan alertado en las culturas de Oriente y desconocido en la nuestra, al que tantas veces apelo en mis comentarios por su poder condicionante y ser causa del sufrimiento humano.

Bien, aquí lo dejo: en un esbozo  del “relato” construido por los hombres a posteriori basado en su percepción. Pero si le preguntas a Dios la cosa cambia, pues la respuesta se halla implícita en la frase con la que concluye la Creación: “Y creó Dios al Hombre a imagen suya, y los creó macho y hembra (…) Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho,  día sexto”.

“Día sexto”, y fin de la Creación. El resto es interpretación nuestra, que acabamos de aparecer en escena. Relato que trata de darle sentido o de justificar la realidad de la vida humana  condicionada por el sufrimiento, las limitaciones, la enfermedad, la desavenencia, las pérdidas, la ira, el rencor… y el larguísimo etcétera de daños que inevitablemente acompañan el vivir cotidiano; presumiendo o imaginando que todo ello se pueda deber a la comisión de una infracción o delito, de una injusta y gravísima OFENSA  al  Dios invisible que nos había creado, de la cual esta vida aflictiva sería (o lo es) la lógica y merecida consecuencia.

Y es así, cómo formando parte del relato, que el hombre creó un “dios externo” a su medida, agraviado, vengativo  y temible; alejado de la idea del “Padre Bueno que vive en tu corazón, que cuida de ti, que conoce tu necesidad y la atiende” revelado por  Jesús con su palabra y con su vida en anuncio de otra realidad posible; un cambio radical y un hito en la Historia de la Humanidad como afirma el apóstol Pablo: “el que está en Cristo es una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo…”

Un verdadero acto de Redención inconmensurable para una  Humanidad  “caída” que “vive y se siente en el exilio de Dios”…, y que dos mil años después asiste al final de la noche oscura del alma en este presente crepúsculo de la existencia en el que nos hallamos, que trae consigo un nuevo amanecer a otra Vida y otro Mundo Nuevo, para la Humanidad rescatada del exilio…

Suenan campanas por doquier… Es hora de despertar.

Félix Gracia (Septiembre 2022)

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