‘’No pregunto al herido cómo se siente, yo me he convertido en el herido’’ (Walt Whitman)

Todo aparenta ser igual a cuando escribí aquel artículo titulado Salvad a los Niños que tantas adhesiones despertó. Nada nuevo sobre el horizonte desde entonces salvo una nueva guerra que abrió aún más nuestra herida, y más muertos por el hambre, más abandono, más injusticia y más miseria para los de siempre. Para esa inmensa mayoría de desheredados que no tienen derechos, ni voz, sino absolutas necesidades. Entonces, advertí que los niños representan los nuevos valores de la sociedad, lo que acaba de nacer y se lanza confiado ala aventura de vivir. El cambio, en definitiva. Por eso, cuando se maltrata, margina y explota a la infancia, cuando un niño muere de hambre o vive en el abandono consentido de la sociedad de la abundancia y el derroche, es nuestra propia esperanza de cambio, nuestro niño interno, quien muere.

¿Acaso este mundo es así, inevitablemente? ¿Tenía razón Patacara, la monja budista que consolaba a las madres diciéndoles: <<no lloréis, pues tal es aquí la vida del hombre>>? ¿Es esa la naturaleza de las cosas, ante las cuales no cabe sino la resignación o, por el contrario, es la naturaleza de nuestra conducta la que provoca la naturaleza de las cosas y que éstas sean así?

En tal caso, ¿cuánto error, cuánto daño habremos de acumular aún antes del ansiado despertar? Los humanos aprendemos a golpe de evidencia, de suceso repetido como la lluvia monótona e insistente, que acaba por abrir los ojos de la conciencia. El camino hacia la comprensión es un lento proceso, acelerado a veces por el aldabonazo del dolor que todo lo precipita acortando el tiempo para el despertar. Y sin duda existe un “tiempo” que no responde a nuestra idea del mismo, en el que todo se resuelva; en el que cada cosa, cada experiencia, cada suceso, encajan. Pero, mientras tanto, para quienes carecemos de la comprensión total y apenas sabemos medir en términos de nuestra propia existencia terrenal, el dolor y la injusticia, aunque fugaces en el devenir cósmico, nos parecen infinitos, eternos, desproporcionados y absurdos. No, no ha llovido bastante sobre las almas resecas, curtidas, insensibles a la responsabilidad de los efectos; esas almas  atrapadas en la ilusión de que el dolor de otro es únicamente su dolor, y no el de todos.

Algunos han alcanzado a comprender que existe una relación causa-efecto y a partir de ahí atribuyen el dolor individual a méritos particulares de sufrimiento, a réplica justa por causas remotas, a karma, a compensación y castigo. Y esos mismos que “comprenden” y justifican una situación, olvidan el vínculo que a todos nos une más allá de las apariencias, por encima de la individualidad, y que constituye la unidad de todo lo existente. ¿Quién es ajeno, en tal caso, a los sucesos sobrevenidos a cualquier otro ser? ¿Hasta qué punto la injusticia y el dolor no son fruto de la ignorancia y el error de todos, independientemente de que, más tarde, se manifieste en unos u otros? ¿Hasta qué punto el dolor –como la alegría– de uno, no es de todos? ¿Acaso el cuerpo físico se puede considerar sano si uno cualquiera de sus órganos está enfermo? No, claro que no: lo que sucede ala parte también sucede al todo.

Esa es la ley. Porque nada está solo en el Universo. Porque todo es Uno, manifestado en infinitas formas que revelan su complejidad aunque nuestra limitada conciencia las identifique como aisladas e independientes. Pero no lo son, y quienes encarnan el dolor no sólo alumbran su parcela de conciencia, sino también la de los demás. No sirve, pues, la indiferencia ni basta con la compasión ante quien sufre. Es necesario mucho más; es necesario asumir que este mundo tiene su origen en nuestra mente y en nuestro corazón; que nada existe fuera de nosotros si antes no ha nacido dentro; que la injusticia, el dolor y la miseria muestran sus ramas en el exterior, pero sus raíces están en el alma y en nosotros; que nada podemos cambiar fuera si antes no lo hemos cambiado dentro; que es necesario un gesto de humildad reconociéndonos en el débil, en el hambriento, en el abandonado; que es urgente la reconciliación, nacida, por fin, del perdón definitivo y sincero…Porque perdonar aquí, es activar una dinámica cósmica que todo lo perdona a la vez, que todo lo disuelve y nos restituye al estado de pureza original; porque perdonar es asumir al otro, es identificarse con él, es romper las barreras que nos separan, es unir… Porque el perdón es el primer paso a la experiencia cumbre del Amor.

Sí, aún hay niños que sufren y niños que mueren de hambre y de tristeza esperando nuestro despertar que, se produzca ahora o después, siempre nos parecerá demasiado tarde. Y también hay otros, acogidos y amados, que son la señal de que  estamos a tiempo, de que no todo está perdido, de que está viva la llama que nos une al necesitado y nos identifica con él. Con sus heridas y su dolor.  

Félix Gracia (Conciencia Planetaria. Septiembre1991)

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