“Era la hora del medio día. Desde el cenit, el Sol dejaba caer sus rayos sobre las tierras polvorientas mientras un despejado cielo anunciaba otro día más de calor y de sed. Unas veinte personas presenciaban el acontecimiento en silencio; tres hombres iban a morir con diferentes cargos, pero en la misma lenta y terrible forma: dos, lo harían por ser delincuentes; el otro, por hacerse Hijo de Dios.

Silencio en el Gólgota.

-Juan…,-dijo Jesús- tengo sed.

El discípulo acercó un paño mojado a los labios del Nazareno, que apenas tenía ya fuerzas para absorber unas gotas de agua ni para hablar. La abundante sangre perdida había aumentado su debilidad hasta niveles extremos y respiraba con mucha dificultad, con inspiraciones breves y entrecortadas que apenas conseguían llevar aire a los pulmones. Jesús se iba lentamente, como la llama de una lámpara en la que se agota el aceite…

Percatándose de ello, Juan se abrazó instintivamente a él rodeándolo con fuerza por la cintura y lo elevó sosteniéndolo en el aire en un acto amoroso y extremo que ya no interrumpiría hasta el final. Los brazos y pies del Nazareno fueron así liberados del peso de su exhausto cuerpo y pudo respirar mejor. El alivio, no obstante, sería muy breve.

(…)

Literalmente caído en los brazos de Juan, el Nazareno daba ya en la cruz los últimos pasos. Liberado de la tensión que ejercía su cuerpo sobre las partes clavadas y del dolor, y sosegada su respiración, su corazón empezó a latir a un ritmo acompasado, lejos de las arritmias agudas provocadas por la agonía.

Juan lo sostenía en sus brazos, cuerpo a cuerpo, unidos en la piel y en el alma, Como aquel lejano día a orillas del Tiberiades en la Galilea que les vio nacer. Al igual que entonces, Jesús, en un abrazo infinito y abierto, volvía a recibir en su pecho al amigo; y, éste, a revivir la sensación de estar penetrando en otra realidad a través de él.

Las puertas del mundo parecieron cerrarse en torno al reducido espacio de la cruz y, por un momento, sólo existieron ellos en mudo abrazo; y, en medio, el sonido del corazón. Juan se abrazaba ahora a Jesús como quien se aferra a la vida, sintiendo en el plexo el latido cardíaco del Nazareno como un reflejo del suyo, como un eco apagado, pero misteriosamente vital. El discípulo percibía su fuerza y cómo con su suave cadencia atraía al suyo y éste cedía a la llamada ajustándose a él, dejándose llevar…

Juan perdió la conciencia de su cuerpo y se sintió inmerso en el universo de Jesús. Los límites corporales habían desaparecido y él experimentaba el latido de un solo corazón no circunscrito ni limitado a un cuerpo, autónomo y esencial en sí mismo, más allá de la carne y de todos los mundos, desde donde la Vida parecí afluir y extenderse. En un instante sin tiempo, Juan viajó desde el principio de la materia hasta el confín del universo y vio que todo era uno. Y que el uno nacía del corazón. Y que el corazón era Jesús…

Quince, catorce, trece… El reloj del destino empezó a contar los segundos finales de la vida del Nazareno mientras éste dirigía su último pensamiento a lo más distante de la existencia, a los infra mundos, a la morada más sufriente de la Casa del Padre, donde moran los rechazados y condenados por siempre, que constituyen la oveja extraviada y ausente del redil, según sus propias palabras, y el aliciente supremo del buen pastor. Su voz volvió a iluminar cada rincón de la existencia en el que fue su último viaje en busca del también último ser. Para que todo fuese en él. Para que nada se perdiera. Porque nada ha de faltar.

Cuatro, tres, dos, uno… Sonaron implacables los últimos segundos en el Gólgota.

-Juan… -dijo entonces Jesús al oído del apóstol- todo está consumado…

Y tomando una bocanada de aire, buscó los labios del discípulo para dejar en ellos su último aliento.

Se hizo el silencio en la Tierra. Callaron los pájaros de Getsemaní y los vientos se calmaron… Jesús acababa de morir. Su cuerpo sin vida se venció hacia delante sin que Juan intentara ya contenerlo. En su caída, la cabeza del Nazareno  se desplomó suavemente sobre el hombro izquierdo del apóstol como si estuviera dormido, como si aún viviera y aquello fuese un breve descanso en el caminar…

Juan lo retuvo amorosamente en sus brazos sintiéndolo vivo, palpitante. La razón le anunciaba su muerte, pero el sentimiento afirmaba su vida… Transcurrieron unos segundos de vacilación, entre el desconcierto y la sorpresa del apóstol, hasta que se impuso la claridad: ¡no! Jesús no se había marchado porque él lo sentía allí, ¡vivo!, presente en el latido de aquel poderoso corazón que no obstante seguía manteniendo su ritmo, haciéndose sentir en sus venas y en cada rincón de su cuerpo y fuera de él; porque en verdad era autónomo y esencial… ¿Cómo ceder, pues, a la muerte, siendo que él con su vigencia proclamaba la vida? Aquel corazón, intangible y real a la vez, que presidió los momentos finales del Nazareno, había trascendido la aparente muerte y permanecía inalterable, marcando el ritmo eterno de la vida.

No, Jesús no se había ido. El apóstol recordó la metáfora del pan y las palabras del Nazareno, y experimentó su certeza: Jesús no había muerto y, al igual que el pan seguía vivo en sus comensales, él vivía ya en el universo, presente en cada partícula del mismo en forma de latido de corazón inagotable, eterno… Como la nota eterna de un diapasón que llama al afinamiento; como una frecuencia, o clave, con la que acceder a otro mundo…”

 

- Félix Gracia (del libro “Yo soy el camino”)

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