“Ama a tu hermano; cuida de él como de la pupila de tus ojos” (Apócrifo de Tomás)

Ocurrió hace tres años aquí en España y se llamaba Julen, el niño de Totalán de dos años de edad… Un niño, un hijo, un pozo, una caída, una tragedia… Y un aldabonazo sobre la adormecida conciencia de todos que hoy, tres años después, repite escenario en otro lugar del mundo hermanado al nuestro, llamado Marruecos.

En aquellos días escribí un artículo compartiendo mi sentir ante los hechos acontecidos, sobrecogido, como todo el país… Momentos de angustia, de esperanza y de oración que no lograron salvar a aquel niño tragado por la tierra y acabaron en llanto colectivo tras su muerte. Días de impotencia y dolor tristemente resucitados ahora en torno a otro niño y en otro país, pero en idéntica circunstancia, que ojala sea la última…

Recupero aquel texto, del que solo cambio el nombre del niño: hoy se llama Rayan y como el anterior, también es de nuestra familia.

Así me expresaba entonces:

“Nada es casual en la vida. Todo acontecimiento responde a un propósito desconocido, implícito en  el propio suceso. Todo tiene una razón de ser en este mundo que funciona como un organismo vivo; todo sirve, en el doble sentido de utilidad y de servicio. También la aflicción, el dolor, la tragedia… que querríamos erradicar.

Todo responde a un orden original, primigenio, que nuestros antepasados llamaron “caos” y la ciencia de hoy denomina “orden implicado” en referencia a la implícita  ley que gobierna el “vacío cuántico” y hace de él una  “fuente eternamente creadora” que emana de sí el Universo. Y ese “orden”, provisto de inteligencia, voluntad y medios, que contiene el guión y el desenlace o finalidad del mismo, es causa de todo cuanto existe y sucede, y de cuanto pueda existir.

Estos días nuestra conmoción va asociada a  un niño que todos hemos hecho nuestro: Julen, pero también a un nutrido coro de protagonistas anónimos reunidos en torno a él, y a un pueblo malagueño, y a un país… Minuto a minuto hemos seguido mirando la montaña, imaginándola como el vientre de una madre con el hijo dentro; y a los hombres afuera, instalados en una suerte de improvisado quirófano tecnológico adaptado a las condiciones del medio, intentado una cesárea de urgencia que traiga por fin a la luz al hijo… Minuto a minuto, hemos sido testigos de las numerosas dificultades e imprevistos que alargaban el simbólico parto, pendientes de la noticia de última hora, siempre seguida de otra, y de otra…

Por fin, el triste resultado que ya conocemos. Y el tiempo en que uno se pregunta cuál es la razón de todo ello, para qué sirve.

Sé que lo acontecido se presta a más interpretaciones, desde metáfora del “niño interior” de cada uno de nosotros que “regresa” al vientre materno en espera de un nuevo nacimiento y una nueva vida, hasta el mito de la Diosa Inanna y el viaje al ínferos; y probablemente todas ellas son válidas. Pero hoy me sale del alma el sentimiento de que  el suceso es, ante todo,  un “servicio” a la humanidad, una manera de escribir una brillante página en su historia desvelando  valores que nos recuerdan de qué estamos hechos y qué somos capaces de hacer, donde destaca la noble capacidad de reacción del ser humano ante la aflicción del otro y el elevado potencial de bondad que guardamos dentro.

Estos días hemos sido testigos de la reacción de los hombres ante la tragedia del otro y hemos vivido como propio su dolor; estos días hemos retirado las vallas y abierto nuestras casas al extraño, le hemos dado de comer y consolado y abrazado… ;hemos llorado con él, y rezado… Estos días nos hemos mostrado como miembros de la misma familia: la familia de los Hijos de Dios.

Hemos realizado un largo camino que llamamos Evolución y, en dicho proceso,  constatamos que tras una catástrofe siempre hemos reaccionado haciéndonos más solidarios, mejores personas; que una vez más el dolor nos ha unido… Quizá algún día no será necesario el sacrificio de un niño ni tragedia alguna  para que todos nos sintamos cercanos al otro, unidos, atentos y cuidadosos con ese otro sin el cual nada seríamos ni nada somos”.

                                                ***

Con esta esperanza que es un canto a la COMPASIÓN, concluía mi reflexión suscitada entonces por Julen; y hoy  reforzada por el pequeño Rayan, de apenas cinco años de edad e idéntica circunstancia y desenlace que aquél… Y ambos me remiten a aquella secuencia evangélica en la que Jesús cuenta que alguien que ha sido atacado y malherido, yace junto al camino por el que pasan muchos personajes y ninguno se detiene ni le presta ayuda…, hasta que aparece uno de Samaria…

“… Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él (el herido), y al verle tuvo compasión; y acercándose, vendó sus heridas (…) y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él” (Lucas 10, 34)

En verdad “la mies es mucha y los obreros pocos”, como advierte el propio  Lucas unos versículos antes. Pero yo mantengo viva mi esperanza de que cada vez haya más samaritanos sensibles al “otro”, como aquel del evangelio, transitando los caminos del Mundo.

Félix Gracia (Enero 2019 y Febrero 2022)

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