“El ángel les dijo: ‘No temáis, pues os anuncio una gran alegría (…) os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador…” (Lc 2, 10-11)

En mi recuerdo, gestado en la infancia y consolidado a lo largo de muchos años, la Nochebuena convive con un sentimiento de profunda nostalgia, como una ausencia. Las familias reunidas, las risas, los cánticos, el fuego de leña… componían una liturgia que, lejos de hacerme sentir partícipe, despertaba en mí el extraño e incómodo sentimiento de no ser de allí y la añoranza de otro lugar, o familia o tiempo, que me impulsaba a “escapar”, alejándome, solitario, a mirar a las estrellas y a hablarle a algo que yo presentía  más allá…

Hoy rememoro aquel viejo sentimiento  y el deseo que despertó en mí por conocer lo que había tras él. Han transcurrido muchos años y,  con el paso del tiempo, he comprendido que la causa de mi nostalgia acerca de otro lugar y otra familia me remitía  a un estado de existencia anterior al de aquí, que olvidamos al nacer, y por eso nos sentimos extrañados.

Mas, ahora que, ya en la ancianidad, mis ojos miran con mirada de niño,  sé que la familia del Cielo vive en la Tierra: que somos los mismos, aunque olvidados; que aquí donde vivimos, es la Casa de David; que los Ángeles transitan por las calles  sin saber que lo son; que quien prepara la cena es la Gran Madre Celestial bajo la apariencia de mujer. Y que el Niño Dios de la Nochebuena vive desde siempre en el corazón humano de todos, haciendo de cada día del año y de la vida una Nochebuena…, aunque sólo la celebremos hoy.

Con mi fraternal abrazo y mejores deseos. Hoy, y mañana y siempre.

Félix Gracia (Nochebuena 2022)

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