Llueve en el jardín. Un día más de lluvia que llena el ambiente de música en su permanente gotear. Sombras, oscuridad nocturna. Apenas un rayo de luz me alcanza desde el pórtico de la casa iluminando débilmente la zona. Suficiente para distinguir a mi izquierda un laurel y, a la derecha, una hortensia rosa. Y me parece un buen sitio, si es que existen buenos lugares para enterrar pedacitos de corazón…

Apoyo la pala casi vertical en la tierra y presiono ayudándome con el pie. La tierra está blanda por la lluvia y la pala se hunde con facilidad. A mis espaldas Mario asiste en silencio y Carmen, mi esposa, repite nerviosamente:   – “¿estás seguro de que no vive aún? ¡Ay pobrecito mío, tan tierno…!”. Vuelvo a descubrir en ella ese sentido maternal que tantas veces me enterneció, pero no contesto. La miro y veo su rostro dolorido, su gesto impotente y, ella, comprende la respuesta en mi mirada. –“Yo quiero verlo. Quiero ver lo que le han hecho los perros. ¿Estás seguro…?” Carmen aún no había aceptado la realidad. No podía olvidar que tan sólo unos minutos antes “León” intentaba mamar de su madre, a la que ya casi igualaba en tamaño. “Eres un tragoncete –le solía decir. ¿No ves que ya eres mozo para seguir mamando? ”Pero “León” no le hacía caso ni la comprendía porque, “León”, era tan sólo un gatito que nunca llegaría a hacerse mayor.

Siete paladas de tierra han bastado para abrir un lecho suficiente. Coloco a “León” suavemente, como no queriendo quebrar su sueño. Hubiese querido secar la tierra, ofrecerle un lecho cálido a su cuerpecito juguetón apenas despertado a la vida. Hubiese querido encontrarlo caliente, sentir su corazón en mi mano; pero él estaba ahora como aquella tierra que lo acogía, mojado y roto. Lo contemplo en su frío lecho tan distinto al mullido cojín del sillón donde habitualmente sesteaba, y aquella imagen me hace recordar sus posturas panza arriba solicitando la caricia, la mano amiga que le incitase al juego. Lo veo acompañándome en mis paseos por la calle, frente al jardín, marchando a mi lado en mis ideas y vueltas y deteniéndose cuando yo lo hacía. Siento sus uñas trepando mis pantalones hasta llegar a mis hombros de donde había que rescatarlo y bajarlo nuevamente al suelo.

Siempre le gustaron las alturas, pero luego temía bajar de ellas. Apenas tenía mes y medio cuando ya se subía a lo más alto del viejo olivo donde se quedaba dormido. Luego, cuando despertaba, miraba con ojos asustados la altura y no se atrevía a bajar. Era preciso tomarlo con las manos y, aun así, todo su cuerpecito temblaba durante el descenso. Pero ese final de la aventura no le hacía desistir y una vez tras otra repetía su escalada. Fue el más desarrollado de una camada de cinco y el único de lomo rubio intenso y aspecto leonado, más suave que el algodón.

Recuerdo sus ojos de miel, su hocico sonrosado, sus carreras tras la pelota y sus acrobacias. Recuerdo su vitalidad mientras contemplo su cuerpo roto, bruscamente despojado de la vida por tres enemigos ancestrales que le sorprendieron al otro lado de la valla del jardín.  “León” tenía su puerta –una abertura en la valla– por donde entraba y salía cómodamente. Pero hoy su carrera se ha visto truncada por el eterno enemigo dos metros antes de llegar al orificio salvador. Quizá hubiese podido escapar del acoso de un solo perro, pero fueron tres a la vez. Tres gigantes cuyas solas cabezas eran más grandes que todo él. Y él, “León”, el apenas cachorrillo de gato, no pudo sortear tanta fauce, y cayó…

Todos sus sueños de gato escalador se apagaron con la luz de sus ojos de miel a tan sólo dos metros de la salvación. Allí, sobre el asfalto gris de la calle, quedó su cuerpo quebrado, vencido en la primera batalla. Como un puñado de algodón bajo la lluvia que quiso ser llanto en la noche, lágrimas de música ante la violencia y la muerte.

Está mojada la tierra, fría. Pero él no se dará cuenta y sólo percibirá el abrazo de la lluvia que vela su último sueño, el definitivo regreso a la tierra para ser otra vez Tierra. Ya nunca tendrá que huir de otras fauces ni tampoco podrá trepar al olivo. No correrá en pos de la pelota ni dormitará tras los cristales del porche. No volverá a esconderse bajo las ramas del cedro ni a zigzaguear entre el espliego. No volverá a observar las petunias ni a beber en el estanque. No volverá a mirarnos con sus ojos de miel ni podremos tomar el algodón de su cuerpo en nuestras manos. Pero, ahora que se ha hecho Tierra en el jardín, sentiremos que su corazón palpita en las flores, que su piel está en la corteza de los árboles y su mirada en las aguas del estanque. Lo sentiremos encaramado en el olivo y escondido en el espliego. Encontraremos sus uñas en el rosal y, cuando la primavera cubra de hortensias su lecho, será “León” ofreciendo su barriguita de pétalos a la caricia, el que ha nacido. Nada muere. Todo revive en otra forma.

Llueve mansamente cuando doy por terminada la operación. Mario ha estado todo el tiempo callado. O yo no le he oído, absorto en mis pensamientos. Verónica, mi hija, ha estado ausente en este acto. Demasiado impacto para ella. Hace unos minutos que sonó en ella la alarma al oír a una amiguita vecina:

                –¡Verónica, en la calle hay un gato blanco y rubio, muerto!

Pero Verónica no reaccionó. Palideció repentinamente y se quedó muda. Yo estaba a su lado y sentí la angustia, el vuelco de su corazón. En un segundo imaginé el drama que iba a vivir aquel ser que es todo sentimiento, ternura sin límite proyectada en el amor a los animales. A “sus” gatos. Y aquel blanco y rubio no podía ser sino el chiquitín, el que apretaba sobre su pecho mientras le dedicaba toda suerte de palabras cariñosas, el que besaba, el que adoraba…

Sentí el nudo en su garganta y me miró buscando sin duda una respuesta que disipara aquella tragedia. Pero no puede decirle nada. Avancé hacia la puerta dispuesto a comprobar el hecho, pero Mario, mucho más rápido que yo, corrió hasta la calle y varios metros antes de llegar a su lado sonó su voz en el silencio de la noche:

             –¡Es “León”… y está muerto!

¡Ay! Oí la puerta de la casa que se cerró a mis espaldas y ya no vi más a Verónica. Se había confirmado la tragedia.

Ahora, cuando el cuerpo de “León” duerme junto a las raíces de las hortensias, observo mis manos manchadas de barro y decido entrar a casa para lavármelas. Invito a Carmen y a Mario a que me sigan, pero deciden continuar allí unos minutos. Llevo la imagen de Verónica grabada, la presunción de su dolor; y la busco. Me acerco al cuarto de estar y a través de la puerta oigo su llanto. Penetro sin hacer ruido y me siento a su lado en silencio. No llego a ver su rostro que oculta con una mano mientras, en la otra, sostiene una fotografía que le tomé hace unas semanas cuando cumplió catorce años. Una foto en la que abraza al chiquitín, a “León”.

Junto mi hombro al suyo y no sé qué decirle. No digo nada. Sólo la acompaño en la primera experiencia de dolor que la vida le ofrece. Le tiembla todo el cuerpo. Me acerco aún más intentando trasmitirle mi quietud. Finalmente me decido a hablarle:

             –No pienses en el que se ha ido…Piensa en los que aún permanecen contigo y ayúdales a evolucionar.

Lo repito una vez más, pero creo que no me oye. ¡Qué poco valen las palabras ante la violencia y la muerte!

Y me quedo en silencio a su lado sintiendo en mi corazón la crueldad de la vida. “León” ha muerto en las fauces de unos perros al igual que en las suyas agonizaron algunos insectos capturados por él, y de la misma manera que en nuestras manos mueren a diario animales y plantas…, y tantas otras cosas. Hay un instinto primario ejercido sobre las especies que están más abajo, que ni siquiera los humanos podemos evitar. Un instinto de muerte que las palabras tratan de justificar aludiendo a la ley de la supervivencia, pero que los corazones sensibles rechazan. ¿De dónde nace esta inspiración que convierte a las criaturas en seres violentos que matan para vivir? Y, si tal dinámica es necesaria en las formas de vida más primarias, ¿no debería el Hombre haber superado ya esa cínica moral que le otorga poder absoluto sobre todos los demás seres inferiores a los que explota, tortura y mata? ¿Quién inspira esta moral que justifica la muerte?

“León”, con su cuerpecito de algodón deshecho y ensangrentado, me ha traído de nuevo el sentido de la vida y la participación, frente a la lucha y la muerte. El vivió con nosotros y de nosotros aprendió. No importa que no lo pudiera expresar, pues nuestro reconocimiento de que era un ser en evolución hacia niveles de conciencia superiores  habrá contribuido favorablemente a su progreso en la Vida. “León” se ha ido al alma global de la que procedía sin revelarnos sus sueños infinitos ni las imágenes que veía cuando, de pronto, se quedaba absorto mirando hacia la pared desnuda. Pero ha vuelto a su origen enriquecido de amor y de estímulos favorables y su experiencia servirá a todos los de su especie, que aprenderán de ella. Nada es inútil en la Creación, nada es en vano.

***

             –¡Papá! ¿Sabes una cosa…? –Me asaltó Mario mientras yo leía.

             –¿…?

             –¡Pues que las enredaderas del jardín se están extendiendo por el suelo hacia la tumba de “León”!

             –Sí, ya me he dado cuenta…

             –¡Pero –volvió a insistir Mario lleno de entusiasmo– mamá dice que es porque las plantas quieren abrazarle!

             –Y, tú ¿qué dices?

             –Pues hombre, yo creo que van hacia allí porque encuentran más substancias alimenticias. –Remachó haciendo gala de toda su practicidad.

             –Y, ¿no crees –contesté– que aunque sea el instinto el que ha guiado a la planta, ésta siente la fecundidad de la tierra y, agradecida, la abraza? ¿Qué diferencia hay entre ese gesto y el tuyo, que le construiste una cruz y le pusiste una flor?

             –¡Hombre…! Es que a mí me dio mucha pena “León”. Yo lo quería, y por eso le puse la crucecita.

             –Verás, Mario –añadí conmovido por su ingenuidad. La Vida expresa un orden maravilloso que apenas podemos intuir en el que todo lo existente aporta y recibe a la vez en un equilibrio sin ganadores ni perdedores. Y es ese amor por todo y la cooperación lo que nos integra en el Universo, cualquiera que sea la manera de expresarlo. Nada se desperdicia en la Vida, todo tiene un propósito, una utilidad. Todo contribuye al sostenimiento del conjunto y, a la vez, se beneficia de la contribución de los otros elementos. Así está organizada la Vida, aunque en el mundo que habitamos el fuerte domine al débil y lo inferior sirva de alimento a lo superior.

          –Pues, entonces, ¿por qué existe la violencia?

Reflexioné unos segundos antes de contestar y, por un momento, pensé explicarle el mecanismo de los arquetipos causantes de la experiencia, y hacerle ver que, en buena medida, todos somos responsables de la existencia de la violencia, aunque sean otros quienes la protagonicen. Pero callé entonces y le dije:

         –La crueldad y la violencia es la manera en que participan los menos desarrollados. Pero, así como aún necesitamos destruir al de abajo para tomar su energía, observa cómo, por ejemplo, también encontramos satisfacción en el aroma de una flor sin tener que arrancarla de la planta. Sí, hay algo en nosotros que se alimenta de otro modo y, algún día, tal vez hayamos superado ese umbral de la violencia en el que estamos. Mientras tanto, Mario, sé respetuoso con todo lo que vive y, cuando te alimentas de otro ser, cuando necesites de su substancia y de su vida para vivir tú, haz como la enredadera, que agradece y abraza…

Artículos relacionados

info@confelixgracia.com