“Y oí la voz del Señor, que decía: A quién enviaré (…) Y yo le dije: Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6,8)

No es sacrificio. No es acto heroico. Es actitud.

Actitud de la “buena” o disposición a obrar sincera y honestamente; a diferencia de la “pose”, que también es una actitud,  pero fingida. Así que: actitud al máximo nivel. Dharma, o deber moral para con la Vida y con uno mismo. Virtud. Y destino.

“Heme aquí, envíame a mí”.  O sea: “estoy dispuesto”; un gesto de convicción y firmeza sin paliativos, una “entrega” total de uno mismo sin reservas… Y en ese preciso instante, Isaías, que aún no lo era,  deviene en profeta, que era su dharma.  Ser Profeta, que significa: “aquél que habla, o interviene,  en nombre de Dios”.

Una actitud, en efecto. Pero cuando lees despacio, cuando  pronuncias las palabras del profeta poniéndote tú en situación, entonces ya no suena a historia, sino a presagio. No habla de algo que pasó, sino de lo que va a suceder. Y, si no, pregúntale a Jesús. Que te cuente qué le sucedió a él tras su “encuentro” con el relato de Isaías y su experiencia personal de “entrega”, aquel día en la Sinagoga de Nazareth, de señalado recuerdo…

… El día del: “Heme aquí, envíame a mí”,  de Jesús, y la aparición del Mesías  Redentor del Mundo..., que era su dharma o misión. Suceso inconmensurable que marca un punto de inflexión en la vida del Hombre común y en la Historia de la Humanidad en forma de renacimiento posible  a una vida nueva. Una auténtica revolución, aunque no se  haya comprendido ni contado así.

El relato oficial de este momento consta en el Evangelio de Lucas, aunque incompleto, pues no describe el contexto personal de Jesús previo a la experiencia de Nazareth; del joven Jesús que vive con una pregunta en el alma: “Padre qué esperas de mí”, porque nadie lo recuerda al nacer. Pero desde la convicción absoluta de que su vida tiene un propósito o finalidad, tal como tal vez te sucede a ti, amigo lector. Y desde la confianza de que algún día recibirá la respuesta.

Este es el Jesús que un día regresa a su lugar de nacimiento y a quien hay que imaginar que vive en permanente estado de atención (como quizá también te pase a ti), con las “antenas levantadas”, como se dice ahora; es decir, atento a las sincronicidades, que son señales portadoras de respuestas…

Pues bien, este Jesús que vive esperando una respuesta del Cielo a su pregunta de: “Padre qué esperas de mí”, regresa un día sábado a su pueblo natal, Nazareth, y es invitado según era costumbre a dar lectura a un texto sagrado en la Sinagoga.

Situémonos ahí. Alguien entrega a Jesús el rollo (volumen) de Isaías y, desarrollándolo (advierte el evangelista Lucas), Jesús se “encontró” con el siguiente texto:

(Atento, amigo: recuerda que este Jesús es el de la pregunta: “Padre, qué esperas de mí”, y quien va a vivir una sincronicidad)

Y Jesús lee en voz alta: “El espíritu del Señor está sobre mí, pues me ha ungido, me ha enviado para anunciar la buena nueva a los abatidos y sanar a los de quebrantado corazón, para anunciar la libertad a los cautivos y la liberación a los encarcelados, para consolar a todos los tristes y dar a los afligidos, en vez de ceniza, una corona; el óleo del gozo en vez del luto, alabanza en vez de espíritu abatido”. Añade el evangelista Lucas que, tras leer el texto, Jesús guardó silencio, recogió el rollo y dijo: “Esta profecía se cumple hoy”.  O sea, “ese soy yo”, por tanto “envíame a mí”;  dando así por contestada su antigua pregunta y afirmada su “entrega”, o aceptación del dharma personal. Misión que cumplió fielmente con su ejemplo de vida compasiva al servicio de los que sufren.

En ese instante, que la doctrina oficial parece haber ignorado,  el Verbo se hizo carne y apareció el Redentor del Mundo, llamado Yeshuah entre los suyos, antes de ser llamado Jesús por los que llegaron después y no le conocieron.  El joven galileo del Sermón de la Montaña y las Bienaventuranzas, que sobrepuso la Compasión y el Amor a las estrictas reglas de la Torá y animó a creer en un  “Dios- Padre- bueno” que cuida de ti,  frente al “Dios severo” de la antigua Ley. ¿Cómo imaginas que pudieron sonar esas palabras ante un auditorio y un mundo poblado por abatidos de toda índole? Pues eso: sonaron a redención.

Quizá te preguntes  por qué te cuento esto a ti o para qué te sirven en tu vida sencilla ejemplos de personajes tan singulares y destacados; tan alejados de tus posibilidades y quizá de tu aspiración. ¿O solamente se trata de un ideal, de  referencias simbólicas de otro mundo y otro tiempo que poco o nada tienen en común con el actual?

Pienso, y me digo que podría facilitarte  argumentos que justifican sobradamente su conveniencia, pues revelan la existencia y actividad de impulsos arquetípicos presentes en todos los seres humanos capaces de propiciar grandes transformaciones en nuestra vida, o simplemente dotarlas de sentido, que ya es un gran avance.  Pero me dejo sentir, sin pensar, y comprendo que, en verdad,  esta reflexión va dirigida a mí, el primer necesitado o el que más;  que nace de la necesidad y de querer estar  ubicado donde debo estar y presto para hacer lo que he de hacer, afirmado en mi entrega sin reservas. Si además te sirve a ti, entonces mi satisfacción se multiplica, amigo/a y compañero/a …

Es el tiempo del: “Heme aquí”; de ser, cada uno según su singularidad y circunstancia, pues aquí no sobra nadie. La hora del “ENVIADO”, que aguarda en el alma de todos y que el Mundo necesita, tanto en las grandes como en las pequeñas obras, porque todas importan. Y a veces, las pequeñas: más.                                  

Félix Gracia (Febrero 2022)

Artículos relacionados

info@confelixgracia.com