“Si le hubiera cortado las alas no se habría ido; sería mío. Pero entonces ya no sería un pájaro…” (J.A. Artze y Mikel Laboa)

No es simple poesía,  sino un sentimiento y una hermosa metáfora. Hago esta advertencia porque voy a referirme al ser humano de a pie que sufre, que muere o que no importa; al ser humano común,  que pese a su apariencia de ser “poca cosa” tiene  alas invisibles. Y sueños elevados a los que volar impulsado por ellas.

Sí, amigos. Somos un Alma hecha para volar en un mundo que tiene mucho de jaula, no solo en sentido metafórico sino también real.  Un mundo nada amante de los “pájaros”, en verdad, y sí del poder y control sobre ellos; de su uso y aprovechamiento.

¿Qué precio tiene una persona? La pregunta, aunque difícil de responder de manera concreta, resulta pertinente y en línea con el título del presente artículo.  Porque, verás: cuando algo tiene un precio elevado, de forma instintiva la consideramos “valiosa” y, por ello mismo, le prestamos atención y la cuidamos con esmero. En cambio, las cosas de bajo precio no reciben de nosotros la misma consideración, y sí el menosprecio, la indiferencia y hasta el maltrato. Por tanto, si resulta que  tales conductas existen en la sociedad en relación a personas reales; es decir, si nos medimos y relacionamos basados en prejuicios y en las apariencias,  como “siendo cosas” u objetos cuantificables susceptibles de ser útilmente aprovechadas,  y no “seres espirituales provistos de Alma” (lo cual nos confiere un valor intrínseco  invisible, que se ignora); si esto está pasando, entonces  habremos de aceptar la existencia de esta realidad: QUE A JUICIO DE UNOS, OTROS VALEN POCO O NO VALEN NADA. Según sea su utilidad.

Y, si no son valiosos conforme a los parámetros de la sociedad… ¿qué cabe esperar…? Pues esto: el mundo dividido que tenemos, donde la mitad de la población pertenece a una categoría inferior en opinión de la otra mitad, por motivos de raza, cultura, color, oficio, lugar de residencia o sexo,  por citar algunos; ciudadanos sin mérito ni “valor”, poco o nada necesarios y cuya presencia incomoda. Carne de cañón en un mundo confrontado y en tensión permanente: desheredados, repudiados, condenados…, que constituyen el rostro visible de esa mitad  no aceptada, que ni vale ni importa.  

Esta es la regla general que inspira nuestra conducta a partir del nivel de consciencia egocéntrico que nos distingue, categoriza y separa; originando el consenso social tácito antes señalado, acerca de que el “precio” de las cosas es indicativo de su valor, y que  los humanos (o muchos de ellos) también son “cosas”. Al igual que el Planeta Tierra, que consideramos y tratamos como una simple “fuente de recursos” y no como “un ser vivo y sintiente” con el que formamos una unidad. Un falso axioma social, como tantos otros igualmente nocivos,  instalado en el inconsciente colectivo desde donde opera  sin el control  de una voluntad que, lejos de estar activa,  subyace  dormida  en nuestra psique, junto a una elevada dosis de cinismo que envuelve todo ello en papel de celofán...

De este combinado de factores que acabo de exponer, nace una actitud convertida en  hábito humano y en “normalidad”; un estado psíquico ya conocido denominado Avidya, una tendencia fatalista repetitiva que instala de manera natural el sufrimiento en la vida cotidiana, y que solo puede ser corregida mediante un despertar de la conciencia que propicie un cambio radical,  o metanoia. Esa experiencia contenida en la palabra aramea Teshuvah: una de las dos columnas que sostienen el positivo mensaje de Jesús en relación al cambio necesario, o conversión, equivalente a un ”nuevo nacimiento” que abre a la Humanidad las puertas a un Mundo Nuevo. La otra se llama Emunah, y de ambas he hablado y escrito muchas veces. Aunque quizá no las suficientes.

Tras lo expuesto en párrafos anteriores, resulta fácilmente reconocible en ellos el característico  “mundo de la Caverna de Platón”; el estilo de vida de sus ignorantes habitantes basado en la creencia de que las sombras proyectadas sobre la pared son la realidad, y no los objetos que las originan. Y que en definitiva, aquéllos personajes y nosotros somos los mismos: la Humanidad de siempre, instalada en un “mundo paralelo” desde miles de años antes de ser inventado el Metaverso que hoy se nos anuncia como una novedad tecnológica revolucionaria, creadora de espacios virtuales alternativos al mundo llamado “real” y servidos a domicilio a partir de mañana mismo…

Y uno se pregunta ¿Cómo será ese mañana? Más aún: ¿cuántos mañanas caben en ese Metaverso? Es decir, ¿cuántos “mundos nuevos” existen en el exterior de la Caverna…? ¿Es el Reino de los Cielos uno de ellos…?

Escribo sobrecogido en medio de tanta impresión; consciente de que lo expuesto apenas es una sugerencia de la “movida” que se ve venir, ante la cual todas las advertencias y todas las palabras para referirse a ella devienen insuficientes, solo aproximadas. Incluso la palabra metanoia se queda pequeña frente a tanta posibilidad presentida y tanto por hacer, cuando la sugerencia apunta a ese Mundo Nuevo de evocaciones apocalípticas y a una Humanidad renacida y fraterna, hermanada con todo lo viviente y con el hábitat que llamamos “Tierra”; una aventura inigualable ésta de construir el tal vez mejor de los mundos soñados donde no exista ni el dolor ni la muerte…; una auténtica odisea humana mayor que el posdiluvio universal, que haga de sus miembros “seres espirituales, y de la vida terrena una vida divina”. Una gesta evolutiva que constituye la mayor de las conquistas habidas hasta la fecha, pues afecta a la consciencia de sí mismos como entes aislados, elevados hasta el nivel de supraconciencia: de ser del Cielo y la Tierra, Espíritu y Materia todo en uno y “todos como uno, o único”, que hace de nosotros el “Hombre Celestial” esperado…

Un mundo posible y no una simple ilusión,  si apostamos decididamente por él, de corazón: por Dharma o deber moral. Y por convicción.

Este es mi sentir, y el de muchos… ¿Quién va a querer marcharse ahora de este mundo o esconder sus alas?

Escribo estas líneas con sobrecogimiento, sí.  Pero no quisiera perderme  el momento presente que vivo como un privilegio. Decido, pues,  que  quiero estar e intervenir en él, aún si es poco lo que yo pueda aportar. Soy consciente de la envergadura de esta empresa y de su complejidad, como también de mis (y nuestras) limitaciones. Pero tengo claras algunas cosas y, entre ellas, la primera es esta: Aquí no sobra nadie. Toda vida es valiosa e importa. Todos somos necesarios y, ese mundo nuevo lo es para todos, o no será.

“O no será”…, por supuesto. Pues estamos contados al igual que aquellas ovejas del redil a las que se refirió Jesús/Yeshuah, con la imagen de la Humanidad y del Mundo ante él.

Guardo silencio, y creo estar escuchando de nuevo al profeta Isaías en aquella secuencia personal en la que se siente interpelado: “¿… a quién enviaremos? (se pregunta Yahvéh) ¡Envíame a mí, heme aquí!”  Responde él, haciendo de su respuesta una alusión para otros.

Heme aquí, sí. Hago mío el espíritu del poema que cito al comienzo en relación al pájaro y al hombre, cantado por Mikel Laboa: “Si le hubiera cortado las alas, no se habría ido; sería mío. Pero entonces ya no sería un pájaro…, y yo lo que amaba era al pájaro” (eta nik txoría nuen maite). Punto final.

P.D. “Cuidaré de mí, de mi vida y de mi cuerpo. Cuidaré de todo cuanto la Vida ponga bajo mi protección, y cada día celebraré que la Vida toda sucede en el corazón de Dios”.

Félix Gracia (Julio 2022)

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