“De simples hombres se convertirán en seres espirituales, y la vida terrena se convertirá en la vida divina” (Sri Aurobindo)

“Los dioses que un día habitaron la Tierra y convivieron con los humanos, partieron hacia sus orígenes con la promesa de que volverían. La historia de los pueblos recoge la esperanza de ese día en que el Divino volverá y todos los cielos bendecirán la Tierra. El Amor y la justicia reinarán allí donde el dolor se estableciera y los hombres, todos, sentirán la llamada de la unidad. Maitreya, Cristo, el Mahdi…: el Hijo de Dios, Dios mismo es esperado sobre la faz de la Tierra en el final de los tiempos. Nada será igual a partir de ese instante. Todo empezará de nuevo cuando el Divino se manifieste. Un Mundo Nuevo amanecerá sobre nuestro horizonte de tinieblas y el Reino de los Cielos se establecerá en la Tierra por los siglos de los siglos.

El Mahdi, Cristo, Maitreya…, diferentes nombres para un mismo suceso, a los que hemos investido de cualidades humanas para así hacerlos más cercanos a nosotros, más comprensibles. Hemos imaginado al Divino apareciendo encarnado sobre las nubes o galopando un brioso corcel, o majestuoso sobre una nave interplanetaria, porque aún necesitamos dioses que se nos parezcan para poderlos identificar, para reconocerlos. Nuestro nivel de conciencia no nos permite aún descubrir a Dios en lo abstracto, en lo intangible, en lo inmanente. Nuestra capacidad de comprensión apenas alcanza a intuir lo divino como la esencia arquetípica o potencialidad que genera circunstancias, formas, Vida… Por eso corporeizamos a Dios y le otorgamos nuestras cualidades, aunque potenciadas. Y no digo que lo divino no pueda encarnar (¿cómo iba a pensarlo si toda la manifestación de la Vida es su propia manifestación?). Solo digo que Dios no es la “cosa”, sino la esencia que hace posible que la misma aparezca. Dios lo es todo en cuanto a ser fundamento de ese todo, en cuanto a Esencia que inspira y sostiene a lo que vemos. Dios es antes que toda cosa, antes que toda evidencia: Dios es algo indefinible,  potencia de todo lo manifestado. Aunque no revista forma humana. Aunque no revista forma alguna.

No nos obcequemos pues en el aspecto formal de Cristo, o de Maitreya, o del Mahdi en su segunda venida. No esperemos el magno suceso como si se tratara de una actuación sorprendente y espectacular, tan de moda, que llene de asombro a los mortales, y pensemos que tal vez lo Divino se manifieste de forma callada y detrás de múltiples pequeños acontecimientos que, como aquel grano de mostaza, contienen la vitalidad del Reino. Miremos a lo pequeño, observemos también lo cotidiano, reparemos en lo sutil, no sea que Cristo se manifieste y nos pille desprevenidos.

En el presente,  los hombres de Ciencia han sorprendido a la Humanidad con un nuevo descubrimiento: LA FUSIÓN DEL ÁTOMO. Lo  que durante años fuese el sueño imposible de múltiples investigadores es hoy una realidad y, de su mano, la solución “limpia” a la energía atómica conocida y basada en lo contrario, que es la fisión o ruptura del átomo. Dicho de otro modo: la alternativa a la energía atómica actual basada en la división (que es peligrosa, contamina y crea residuos) es, precisamente, la unión de los átomos, que carece de las limitaciones y riesgos de la anterior. Unión versus división. Y ahora ya somos capaces de hacerlo real.

Confieso que la noticia me emocionó en su día y me sigue emocionando (quizá porque soy un idealista) pues veo en ella la señal, el día establecido en todas las Escrituras: el retorno del Hijo de Dios, de Dios mismo.

En otras ocasiones me he referido a la Creación como a un proceso en marcha conducido por Leyes que nos trascienden. He señalado que dicho proceso es el resultado de la acción de dos fuerzas aparentemente antagónicas. Una de ellas arranca del estado primigenio de Unidad que nuestros antepasados alquimistas denominaron Hen to Pan (Todo es Uno) y conduce hasta la formación de las partes diferenciadas siguiendo un proceso de división o diabólico (derivado del latin diabolare, que indica  acción de separar) y  concluye con la configuración de los “egos personales”, independientes, desvinculados e insolidarios. En tanto que la otra conduce a las partes o los egos autoafirmados hasta la comprensión de la globalidad, de la unidad a la que siempre pertenecieron, aunque no fuesen conscientes de ello. El camino de retorno es, pues, de síntesis, de unión de cuanto estaba disperso. Y, así como la primera fase representa el arquetipo diabólico o de la división, la segunda manifiesta el arquetipo crístico, que es de la unión, el Amor.

Cristo en el horizonte. El Mahdi y Maitreya, el Avatar de Síntesis como lo proclaman en Oriente, en nuestros corazones… El arquetipo de la UNIDAD en nuestras vidas. El Hijo de Dios, Dios mismo, ya han regresado y se manifiestan en el anhelo de la unidad compartido por gentes de todo el mundo y en la capacidad de hacerlo realidad, como asegura la ciencia.

Ha comenzado la Era del Amor (por más que suene a romanticismo) porque Amar es Unir. Y nada, nada, será igual a partir de este instante”.

Félix Gracia. Artículo publicado originalmente en la Revista CONCIENCIA PLANETARIA, en  Enero de 1992; recuperado como un anticipo que fue y republicado íntegro a fecha presente, como evidencia objetiva y simbólica de que, probablemente, ha llegado el momento  esperado gracias a la posibilidad técnica y capacidad  de hacerlo real que nos sirve de anuncio; como suscribe el testimonio recogido en el ÁGORA, a cargo de otro sabio sensible y despierto: Ángel Ibarra, Doctor en Física por la Universidad Autónoma de Madrid. Director del Consorcio IFMID-DONES, que dentro del Programa Europeo de Fusión incluye la construcción, ya iniciada,  y puesta en marcha de un acelerador de partículas en Granada, cuya lectura te recomiendo. Por nada te lo pierdas. Accede aquí.

RECUERDA: “De simples hombres se convertirán en seres espirituales, y la vida terrena se convertirá en la vida divina

No es exceso de optimismo, sino AVISO DE LO POSIBLE.

Félix Gracia (Septiembre 2023)

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